miércoles, 12 de octubre de 2011

2. Dormir Telepatía




Por las noches me costaba dormir. Antes, al principio de los tiempos, había en mi habitación una cuna enorme con un baúl. De abajo de la cuna salía una cama que costaba un huevo y medio sacar. Solía trabarse y cada noche había que escuchar a mi viejo putear en contra de las leyes de la mecánica. El hecho es que era una verdadera tortura dormir en algo que costaba tanto esfuerzo armar. A eso de las nueve de la noche mi viejo se arremangaba la camisa (en ese entonces usaba camisas o chombas) y se agachaba a sacar la cama tratando de no despertar a mi hermana que todavía era bebé. La cosa empezaba bastante bien. La cama de abajo tenía dos manijas que supuestamente facilitaban la maniobra. Era cuestión de jalar de las manijas y nada más. El tema es que por algún capricho solamente salía uno de los extremos y el otro se quedaba trabado. Mi viejo se agachaba más, como un esclavo medio reticente que no quiere inclinarse de buenas a primeras. Una de las rodillas todavía no tocaba el piso. Uno de los talones se le escapaba de la alpargata. Medias verdes o talón desnudo con restos de talco solidificados. Si bien siempre se le dió por ser un poco carajudo, mi viejo optaba primero por el camino de la razón, hay que decir la verdad. De ahí que su "inclinarse" era realmente un gesto académico, de investigador. Se agachaba para ver de cerca el problema. Yo lo miraba con admiración y me preguntaba qué estaría pensando. Creo que el cuadro, visto desde afuera, llega a ser bastante cómico y es otra de las fotos que me gustaría tener y que no hay. Yo de pie, abrazando algún peluche, y mi viejo ya arrastrándose bajo la cuna con medio brazo enterrado entre los fierros de la puta cama de mierda tratando de destrabar algún mecanismo hijo de puta de esta cama de mierda y la re puta que lo parió. Cuando el camino de la razón no te lleva a ninguna parte es que es hora de romperlo todo. Comprobamos con esa cama que hay veces que golpear es mejor que razonar. Mi viejo, con todo el brazo engrasado y lleno de pelusas, roja la cara de furia y puteando hasta por Newton, arremetía contra las manijas a patadas. Durante un tiempo esa estrategia dio sus frutos. Después de quince minutos de golpiza el extremo trabado se acobardaba y se deslizaba hacia afuera. Lo que no llego a entender es por qué cada vez teníamos que repetir el ciclo entero y no empezábamos directamente con los golpes. Tampoco entiendo por qué conservamos esa cama deslizable durante tanto tiempo. Diez años. Diez años repitiendo el procedimiento.

La cuna se terminó vendiendo un sábado a la tarde. Mi hermana ya quería dormir en una cama como yo. Creo que ella pidió el cambio. A los seis años dormir entre barrotes debe ser algo terrible. Como la cuna estaba adherida a un baúl lleno de juguetes y yo no quería ni por puta que se llevaran el baúl y me empecinaba en no entender que no se podía vender solamente la cuna, decidí meterme adentro del baúl y cerrar la tapa. Me quedé acuclillado adentro del baúl durante una hora y me sentí muy piola escuchando a mi viejo lidiar con el comprador, pidiéndole que tenga paciencia, que mi hijo ya sale, dale, salí, salí de ahí carajo, y yo en plena oscuridad oliendo por última vez aquella madera y palpando a ciegas las piezas plásticas de rasti que habían quedado en el fondo.

En reemplazo compraron una cama marinera de hierro azul cromado y un baúl de mimbre re choto que no pegaba con nada. Al día de la fecha detesto el mimbre. La Noni nos contaba de un chico que tenía fobia o algo así al bicho canasto. Cada vez que el pendejo veía un bicho canasto se reventaba la frente contra la pared más cercana y había que hospitalizarlo. No sé por qué le gustaba contarnos esa historia pero sospecho que algo de eso debe haber influenciado en mi simpatía por los débiles mentales. La cuestión es que el mimbre me recuerda al bicho ese y el baúl nuevo me parecía de mal agüero. Nunca lo quise y nunca guardé mis juguetes ahí. En cambio la cama me parecía genial y monstruosa. El azul cromado le daba un toque sideral y daba gusto treparse por la escalerita. Desde arriba se dominaba el cuarto. Mi hermana, acostumbrada a los barrotes de la cuna por tantos años, se resignó en poco tiempo a dormir en la cama de abajo. Le hicimos creer que era como una casa porque tenía techo y que tener techo era re re importante. Al poco tiempo envidié su casa miniatura. Ella podía colgar cosas del techito (collares, sábanas, muñecos) y escribir en las tablas de la madera. Yo estaba arriba pero solo y aburrido y por más que llenaba la pared con posters de Batman la cosa no cambiaba mucho. El tema es que de tanto colgar afiches se terminó haciendo un pequeño orificio en la pared y, como estaba ahí y estaba al pedo, cuando no podía dormir me sacaba mocos de la nariz y los metía adentro. Nunca llegó a juntarse mucho moco pero la cosa me entretuvo durante un par de meses. Otra cosa divertida era acercar la boca a uno de los fierros verticales de la cama y escupir una gran bola de saliva plateada. La idea era que la bola de saliva se fuera deslizando por el caño hasta abajo. Sí. Nada más. Juro que era divertido y que mi hermana se moría de la risa con eso. Largas horas de la madrugada escupiendo caracoles de agua.

Dormir siempre me costó mucho esfuerzo. Supongo que me costaba dormir porque no entendía que la cosa pasaba por no hacer esfuerzo alguno. Recién hace algunos años entendí que la mejor manera de quedarse dormido es evitando pensar. Yo pensaba demasiado. Pensaba combinaciones de los dedos para la magia o pensaba en los extraterrestres o en que mis viejos me leían la mente. Esto último me torturó durante varios años. Nunca fui un tarado y mis teorías eran complicadas porque no me contentaba con pensar que simplemente ellos tenían esa facultad psíquica y yo no. Yo me decía: "ajá... ellos pueden leerme la mente, pero yo no puedo hacerlo... mmm... ellos son personas como yo... entonces... si ellos pueden leer la mente es que o aprendieron a hacerlo o simplemente accedieron a ese poder al convertirse en padres". Yo suponía que la gente, al tener hijos, agregaba a sus poderes mentales la capacidad de leer la mente de sus criaturas. Era algo como una necesidad de orden evolutivo. Ellos tienen que cuidarnos, para eso la naturaleza les da el poder de la telepatía. Mis viejos parecían saberlo todo, estar al tanto de mis movimientos mentales. Como dije, eso me torturaba, me perturbó durante un tiempo. Después llegué a una solución maravillosa: "como ellos saben todo lo que pienso no tiene ningún sentido ocultar lo que hago, así que puedo hacer libremente todo lo que quiera". De ahí que el orificio de los mocos estuviera al descubierto. Con los años perdí esa libertad y empecé a preocuparme por mis cosas, por la intimidad. Hoy por hoy sigo creyendo que hay gente que lee la mente y no me avergüenza contar que cada tanto, cuando viajo en bondi y veo que sube alguien medio deforme, inmediatamente sospecho que es el "lector de mentes" o "el orejas" y no dudo en decir mentalmente lo siguiente: "yo sé que me estás leyendo la mente, está todo bien, no se lo digo a nadie". Si el deforme me mira en los siguientes cinco segundos es que indubitablemente tiene el poder y yo me siento parte de un gran secreto que me alegra el día. Otras veces no hace falta que esté viajando. Me siento en un sillón, miro para arriba (siempre miro para arriba cuando hago eso... como las antenas satelitales que hay en los desiertos) y digo: "lector de mentes, yo sé que en algún lugar de la galaxia se me escucha, hola, cómo estás, respondeme". Nunca me respondieron pero lo sigo haciendo y tengo mis esperanzas. Suelo creer que hay cosas que no suceden porque nadie las intenta.

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